¿Dónde se dibuja la línea entre lo correcto y lo incorrecto, entre lo legal y lo ético? En junio de 2013, Edward Snowden dio su respuesta a esa cuestión a través de una entrevista a The Guardian, dando a conocer información confidencial de la NSA. Olvier Stone dirige esta adaptación fílmica que nos cuenta como un joven de 29 años pasó de un patriota de derecha a un paria acusado de traición a la nación y los hechos que lo llevaron hasta aquella icónica entrevista en Hong Kong que lo llevó a exiliarse en Rusia.

Servir a su país, esa es la meta de Ed Snowden (Joseph Gordon Levitt), al no ser apto para hacerlo en el ejército, busca la manera de dar uso a sus habilidades informáticas y logra entrar a un programa de inteligencia de la CIA, al mismo tiempo que conoce su compañera de vida que dista muchísimo de ser la chica ideal, una liberal fotógrafa aficionada (Shailene Woodley). La vida parece increíble, un trabajo que te gusta, ganando muchísimo dinero, viviendo en Europa, todo lo que la gente usualmente anhela.

Todos hemos escuchado decir que la información es poder, y si algo tiene el servicio de Inteligencia de los Estados Unidos es información, y Ed comienza a ver el lado turbio del poder. Todas las lagunas en la ley, esos pequeños tecnicismos que pueden cambiar el rumbo de una nación. Pronto se da cuenta que su trabajo no es sólo encontrar amenazas al gobierno de su país, es vigilar a todos, literalmente a TODOS. Y aunque lo sospechemos, alimentar al Big Brother es el precio de estar conectados, comunicados, y lo pagamos con gusto, aun sin estar conscientes de que lo estamos haciendo. Es aquí cuando el viaje ético de Snowden comienza, el cuestionar cómo usar ese poder, entre más avanza en su carrera, más se deteriora su convicción, sus relaciones y su salud.

En un clima político agitado en EEUU, donde la controversia sobre la información ha sido un foco durante la campaña electoral, hablar de la importancia de casos como el de Snowden o Assange no es ninguna sorpresa. Reducir como un simple “hacker” a un ex miembro de la Inteligencia de los Estados Unidos (léase solemnemente), como ahora llaman a Snowden aquellos que antes gustosos lo emplearon, para mí no es más que el principio de la transposición,  culpar a quien expone la información y no a quien la ha recopilado ilegalmente, y así distraer a la opinión pública para que discutan si Ed es un “terrorista”, “traidor”, “poco patriota” o no, en lugar de discutir sobre el problema real, el uso ilegal de datos. Un 7.8 a una película entretenida, muy oportuna, con buenas actuaciones.